Abrí los ojos. Vi mis pálidos pies descalzos. Elevé mi cabeza para volver a mí. Enseguida vi un lugar conocido; mi baño. Traté de sentir el frío piso, pero todo era frío para mí. Me senté en el borde de la tina. Supuse de inmediato que esta estaba fría, al igual que el piso. Ya me pasaba esto hace más de dos meses; despertaba en una noche, me dormía en la misma noche y luego despertaba en la siguiente noche. Me paré, encendí la luz y vi mi rostro en el espejo. Giré la llave del lavamanos para poder lavarme la cara, pero el agua no salió. Salí del baño adentrándome a mi cuarto, cerré la puerta del baño y me acosté en mi cama. Cada día, o mejor dicho, cada noche me sentía más cansado. Miré la pálida luna llena a través de mi ventana, y hacer esto me causaba una extraña sensación de relajación, sueño y miedo, al mismo tiempo. Cada vez que despertaba no lo hacía en mi cama, ni despertaba de día, era todo muy extraño. Nunca recordaba el día anterior. Mientras mis pensamientos me envolvían también lo hacia un extraño aire de terror, el cual, consumía mi felicidad, humildad, honestidad, entre otras cosas buenas, reemplazándolas con sentimientos de odio, maldad y furia. Cerré los ojos por un momento y luego sentí un extraño liquido recorrer mis labios, bajando a mi mentón. Me paré tiritando y corrí hacia la puerta que daba al resto de la casa. Después de notar que la puerta estaba cerrada con llave, me dí cuenta que había dejado toda la manilla con sangre. El cuello de mi polera rápidamente se llenaba del líquido. Corrí hacia la puerta que daba al baño, la abrí torpemente, entré al baño, encendí la luz y en el espejo vi un sangriento rostro. Era sangre de narices. Traté de abrir la llave del agua y obtuve el mismo resultado anterior. Intenté descifrar el por qué el cuello de mi polera tenía tanta sangre, e instintivamente mis manos recorrieron desde mi mentón a mis hombros. Luego… algo inesperado. Miré mis dedos cubiertos de sangre. Vi un profundo corte en mi cuello. Una larga línea perfecta de izquierda a derecha. Y entonces entró el pánico. Entró a mi casa, a mi cuarto, a mi baño, a mi cuerpo, a mi mente y a mi alma… la sangre corría por mis manos. Eternos cortes sangrantes cubrían mis brazos. Entonces escuché un ruido. Me asomé por la puerta del baño y observé atónito como la manilla giraba lentamente… se abrió la puerta y la silueta del diablo entro junto con un humo negro a su alrededor. De un momento a otro, mi visión se hizo nula, al igual que todos mis sentidos.
Me di cuenta de que había entrado en un sueño. Me vi caminando por un oscuro callejón de noche, llegando a una casa ajena y entrando en ella. Una vez dentro de la casa, me deslicé hacia a un cercano cuarto de la puerta principal de la casa. En la única cama del cuarto había una pequeña niña durmiendo tranquilamente. Yo me vi mirándola por un largo rato. Después de unos minutos, las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro. Me vi sacar lentamente un cuchillo de mi espalda. Con un silencio mortal me vi cortándole la pequeña garganta al infante. Un escalofrío indescriptible recorrió mis venas…
Desperté de golpe y me encontré sorpresivamente con la luz… la luz que no veía hacía dos meses o más. Supe que era de día y supe, a la vez, que seguía dentro de mi sueño. Aquella luz no podía ser real. Veía ahora el mundo desde mis propios ojos. En el sueño me levanté, pero no comí nada. Tomé el cuchillo, el mismo que el de aquella noche, y comencé a pasarlo finamente por mis brazos. Luego un llanto explosivo vino de dentro de mí y comencé a pasar con furia y brutalidad extrema el cuchillo por mis brazos. Volví a la cama de la cual me había levantado y en ella vi a una bella joven con finos rasgos faciales acostada durmiendo. Al ver la tranquilidad, felicidad y relajación con la cual la joven dormía, sentí envidia y odio contra ella. La furia comenzaba a dominarme nuevamente, pero ahora haciendo que mi mano involuntariamente apuñalara el cuerpo de la joven. Luego de haber efectuado este frío asesinato corrí hacía un baño… mi baño. Me miré en el familiar espejo y comencé a golpear mi cara contra él, haciendo que mi nariz se quebrara y sangrara en abundancia. Dominado por el odio tomé el cuchillo de los asesinatos y supe que ya era mi turno. Deslicé lentamente el cuchillo por mi cuello y sólo logré sentir como la sangre abandonaba mi cuerpo.
Tuve una fría sensación. Abrí los ojos, era de noche y me encontraba en mi baño, aquel en donde había entrado el diablo, haciéndome ver mi pasado. Ya había despertado de la visión. Miré mi cuerpo y estaba impecable, sin una gota de sangre. Salí del baño y corrí hacia mi cama y vi al radiante cuerpo de la joven durmiendo. Corrí nuevamente hacia la puerta que antes había encontrado con llave. La abrí y comencé a recorrer la casa que sólo mi cuerpo conocía, no yo. Entré a otro lugar visto en mi sueño; el cuarto de la pequeña. Vi a la pequeña durmiendo, viva. Volví a mi dormitorio, me paré al lado de la ventana y comencé a apreciar la bella luna. Ahora todo fue claro. Supe que mi alma nunca había descansado, que no estaba descansando y que nunca descansaría. Estaba condenado a vivir este infierno toda la eternidad como consecuencia de los asesinatos cometidos. Sabía que la culpa, el odio, la tristeza y el miedo no liberarían a este pobre fantasma. Ahora solo me quedaban dos acompañantes; el diablo y la pálida luna llena de todas las noches.
Y vivieron felices por siempre :)
martes 11 de agosto de 2009
La pálida luna llena
Publicado por Lauriis en 18:52


